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El otro día, al terminar una novela en cual la protagonista “flipa” luego de 3 meses del nacimiento de su primer bebé, estuve pensando en unos cuantos libros cuyo tema central era “la mala madre”.

Al hacerlo me di cuenta de que desde la segunda mitad del siglo XX se ha escrito y hablado de esto, pero aún hoy tenemos la creencia de que existe (o peor aun, de que debe existir) la “ MUJER Y MADRE PERFECTA”.

Cada día que pasa se espera más y más de las madres.

Yo solía decir a mis hijos (cuando alguno de ellos apuntaba a algún error que cometí en su crianza) que “en mi época los niños no venían con un manual del usuario adjunto. Como decía el poeta, se hace camino al andar…

Sin embargo, hoy por hoy hay tanto escrito y dicho y estudiado e investigado que podemos decir que los niños de hecho vienen con dicho manual instrucciones. 

Esto lo menciono porque este hecho solo trae más presión y expectativa sobre los nuevos padres.

Sin embargo, poniendo de lado las excepciones, el peso de los primeros meses suele caer sobre los hombros de la mujer (repito que soy muy consciente de las excepciones).  Como si fuese que todo el mundo espera que la mujer sea una profesional exitosa, no menos.  Muchos dirán “al diablo con las expectativas del mundo, lo que importa es lo que uno sabe y cree…”  Muy bien, ¿Pero cuán dispuestos/as estamos a reconocer lo que una mujer con vocación siente o desea (más allá del hecho de ser mamá).

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Pongamos un ejemplo… Una mujer joven e inexperta tiene un bebé.  Esta persona es inteligente, tiene una vida social y una relación con su pareja.  Sin embargo, hay un cambio drástico luego de las últimas semanas del embarazo y parto (no vamos a entrar en detalles aquí ). De repente tenemos a una persona que mira su cuerpo y no lo reconoce. Una prójima que hace semanas no duerme más de 3 horas seguidas. Que no puede tomarse el tiempo para una buena ducha y un buen lavado de cabeza.  Que siente que la espalda se le parte, huele a leche rancia, lleva la blusa manchada de vómito de bebé y a veces incluso de caca (todo esto sumado al olor de no haberse duchado por un par de días) No es precisamente Channel nº 5.

Si vamos más allá podría suceder (en el peor de los casos) que el papá de dicho bebé llegue del trabajo después de pasar por el gimnasio , se desviste y … retrocede con horror cuando un chorro de leche se dispara.

Lo peor no es la leche en la cara sorprendida del nuevo papá, sino la sensación de mamá de estar en falta. Quizá incluso de no ser suficientemente adecuada para la gigantesca tarea que acaba de traer al mundo. Si nos ponemos a pensar, parece increíble la enormidad de un ser tan pequeño y vulnerable, que sin embargo depende 100 % de nosotros. Ese pequeño y hermoso alienígena que te está comiendo viva. Lo peor, en resumen, es el miedo a ser una mala madre.




Lo peor es que todo parece sumarse. Muchas veces son estos los momentos de mayor soledad, ya que no tenemos ningún adulto con quien hablar. A veces el mundo (incluso la pareja), parece haber olvidado que esta mamá antes era una “persona” inteligente, vivaz y con sentido del humor.

Cuando esto nos pasa, incluso el jardín de la casa parece una destinación de vacaciones lejana y soñada. La sola idea de una salida, una bebida o un libro es emocionante.

Es justo en estos momentos que la pareja pregunta “¿ Sabes dónde están mis camisas?  O ¿ Por qué llora el bebé? ¿ No puedes calmarlo?”

Es este el escenario del libro que leí hace poco y que me llevó a pensar de nuevo en el tema.( Harvesting the heart por Jodi Picoult).

Es en ese momento que la protagonista, con los ojos vidriosos y una extraña sonrisa responde:  “Claro querido…ten al bebé por un rato, que voy a la tintorería.”  Toma su cartera, las llaves del coche, las camisas y se va.

Las camisas caen volando por la ventana del coche como migas en Hansel y Gretel, y ella desaparece en la ruta que se pierde en el horizonte.

¿Demasiado dramático?  ¿Impensable?   ¿Estáis seguros?  ¿Nunca se les pasó por la mente algo así? 

Sin embargo, a lo largo de los años he escuchado situaciones similares. Quizá no hasta el punto de escapar, pero sí el deseo, la angustia, la inseguridad, el sentimiento de ser juzgado de tantas mamás, que en medio de sollozos en el consultorio, cual confesionario, me revelaban su desesperación.

¿Mala madre?  Nunca. Simplemente un ser humano que reconoce sus límites y se enfrenta a expectativas imposibles.

¿Y que pasa con la mamá profesional?

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Creo que es muy difícil para la mujer profesional, hoy día, tomar en serio su papel como tal. Ya que tienen que cumplir con múltiples roles para satisfacer las expectativas de su familia y de la sociedad. Lo peor es que muchas cargan además con el peso de la culpa.

Os cuento otra de tantas interacciones similares:  En el consultorio como escenario, protagonistas madre y lactante menor con una pequeña rinorrea ( bebé con mocos) y quizá alguna que otra tos seca esporádica.

La madre:  – “¿ Está segura, doctora, de que está todo bien? Pues trabajo y estoy ausente.”

Me lo dice en tono de culpa, y como si fuera la única responsable de la salud del bebé.

La realidad es que muchas mamás trabajan por necesidad.  Un sueldo ya no alcanza.  Y en otros casos la mamá es el proveedor principal.  En estos casos lo que yo observé es que hay muchos papás que están contentos y satisfechos con el papel de “amo de casa”, pero muchos no se sienten tan felices con ese arreglo y le toca a la mujer además de proveer, encargarse de los detalles del manejo de la casa y los niños.

No es raro que estas mamás lleguen a un nivel de stress y agotamiento físico y emocional que desafía la salud mental.

Es probable que tenga debilidad por las madres imperfectas quizá porque yo me considero una de ellas. Cualquiera sea la razón, las madres comenten errores y fallan por ser criaturas humanas, pero así también somos capaces de ser amor y dedicación infinitas.

Creo que aún queda un trecho por recorrer para las parejas de hoy. Lo ideal es negociar y llegar a un auténtico compromiso, en el que se reconozcan como seres humanos pertenecientes a un mismo equipo. Esto significa que ambos se encontrarán necesitados de momentos de apoyo y reconocimiento.

La victoria final es la crianza de una persona sana física, mental y afectivamente, sin dejarse la piel en el camino.

Un fuerte abrazo.

Mirta




 

MADRES PERFECTAS:  A UN PASO DEL QUIEBRE EMOCIONAL
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